“La economía compartida está muerta… y nosotros la matamos”

Por Katherine Villacorta López - hace 3 años

Sección: Startups


La idea era buena y llamativa, pero ni las mejores intenciones pudieron acabar con el poder del capitalismo.

 Fuente: Mylifecity

Sharing economy por su nombre en inglés, o economía compartida o, visto desde otra manera, consumo colaborativo. Un modo de comprar y/o alquilar que va ganando adeptos y sectores, gracias a la facilidad de hacer contacto e intercambio que ha traído Internet.

Este término presentado por Rachel Botsman, en el TEdxSydney del 2010, cuando le preguntó a la audiencia si no sería más eficiente alquilar o prestarse un taladro del vecino, que comprar uno nuevo, siendo esta una herramienta que se utiliza pocas  o únicas veces, y en donde todos estuvieron de acuerdo. 

Después de esta “revelación” de lo obvio, varias startups comenzaron a surgir, entre ellas: Ecomodo, Car Rent, ShareSomeSugar, NeighborGoods, etc,  para ayudar a los vecinos a “prestarse el taladro”, pero con el tiempo dejaron el mercado y de la gran lista solo NeighborGoods sigue presente después de invertir todo su capital semilla y luego ser salvado por un inversionista que gustaba de la idea. Actualmente cuenta con 42 000 suscriptores, pero menos de 10 000 están activos.  

De manera simple, se trata de servicios que, en lugar de “comprárselos” a empresas tradicionales, se pueden obtener directamente por el intercambio económico entre particulares con el ahorro del costo real para quien contrata y de beneficio para quien presta el servicio.

No se trata de que estas herramientas y sitios web no sean lo suficientemente buenos o que las cosas no se hayan dado de manera fácil. Es solo que tienen muy poco que ver con la idea original de la economía compartida. Se podría decir que se trata más de una “economía de acceso”, un término acuñado por Ron J. Williams

 

Fuente: Softonic

La idea de compartir la economía, quedó en el nombre solamente. Ahora las startups con más éxito como Airbnb y Uber, siguen en el mercado por haberse posicionado como intermediarios que tratan el servicio como una transacción habitual, como cualquier otro servicio ofrecido por el capitalismo.  

Airbnb tiene una valoración superior a la cadena de hoteles Marriott, pero no posee una sola habitación de hotel. Uber, el servicio de transporte entre particulares, vale ya más de 45.000 millones de dólares según la última ronda de financiación.

En el rol de intermediario, empresas como éstas ponen en tela de juicio sus obligaciones. En el mes de setiembre, surgió el caso, que irá a juicio, de una pareja demandada por estafa al haber cobrado varios cientos de euros a un turista que se iba a alojar en su piso, en La Rioja, España. La señal se pagó, pero la estancia nunca se produjo. El caso ha acabado en los tribunales porque, como en otras circunstancias, la empresa mediadora (en este caso HomeAway) se exime de responsabilidad en lo que es, en realidad, un acuerdo entre particulares.

Se recomienda al consumidor, que haría bien en fijarse, además de en el precio, en las condiciones legales, en la responsabilidad y en qué ocurre y quién se ocupa de si algo va mal.

El otro problema con la economía de acceso es que en cuanto a condiciones laborales, es más fácil lavarse las manos y otorgarle la responsabilidad a los usuarios. Esto sucede porque la empresa que hace de intermediaria adquiere tanto poder que acaba imponiendo sus condiciones, de manera que el “particular” se convierte casi en un empleado. Este es el caso de Uber, donde sus “taxistas” no pueden, en la práctica, poner sus condiciones de servicio, sino que tienen que ajustarse a las de la marca.

Todo comenzó con una idea, pero que a pesar de ser aplaudida por muchos, no ha funcionado por diversas razones, entre ellas, la desconfianza de la gente y la ambición económica. Quizás el nombre se mantiene, pero la realidad es que la verdadera economía compartida está muerta y nosotros la hemos aniquilado. Si en un comienzo se trató de sacar rentabilidad a las cosas que no utilizamos con frecuencia y evitar el consumo masivo, ahora solo se trata de consumir los productos que ya existen a través de intermediarios que sacan ventaja de nuestra falta de comunicación y deseo de accesibilidad inmediata.

 

Fuente: El País , La Rioja , Fast Company

 

 

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Autor del artículo

Katherine Villacorta López

Katherine Villacorta es miembro del equipo de redactores de Timov. Actualmente estudia Comunicaciones  en la Universidad de Lima. En su tiempo libre disfruta ver series o películas, pasar tiempo con sus amigos, prácticar yoga y viajar. 

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